...cuando uno oye la palabra \'progreso\', debe siempre preguntar: ¿progreso de quién? Y si la respuesta no es de alcance universal, se trata de explotación, no de progreso.
Skrivet av Jorge Capelán Torsdag, 3 December 2009 00:00
Artiklar - Latinamerika
[Correo, diciembre de 2009] Son conocidos los grandes hechos de los últimos diez años en la relación entre los Estados Unidos y el proyecto liberador latinoamericano: El Plan Colombia, el fracaso del ALCA y el surgimiento y desarrollo del ALBA, la ola continental de gobiernos de progresistas y revolucionarios y los intentos de los Estados Unidos de desestabilizarlos y derrocarlos, simbolizados en el fracasado golpe contra el presidente venezolano Hugo Chávez el 11 de abril de 2002 y en el golpe contra el presidente Juan Manuel Zelaya en Honduras el 28 de junio de este año.
También es evidente a estas alturas que la administración Obama en Washington no ha representado un cambio de vocación con respecto a la anterior administración Bush que en su día lanzó una ofensiva global por el control del Oriente Medio en su más amplio sentido (desde el Cuerno de África hasta Afganistán). El actual inquilino de la Casa Blanca aumentó el presupuesto militar de George W. Bush, priorizó la salvación de sus propios bancos en medio de una crisis estructural del capitalismo y se negó a hacer concesiones en un esquema depredador de los recursos mundiales en el marco de la última cumbre de la ONU sobre el cambio climático. En América Latina, los primeros once meses de la Administración Obama han significado golpes de estado, intentos de asesinato de líderes de los países del ALBA, siete nuevas bases militares en Colombia, y un aumento general de las políticas desestabilizadoras en el continente. Se da por sentado, incluso, que los EE.UU. preparan una guerra contra América Latina. ¿Qué significa todo esto? ¿Cuáles son las formas de esa guerra? ¿Cuál es su estrategia y cuáles son sus tácticas? Pero sobre todo: ¿Cuáles son sus objetivos y cómo defendernos de ella?
El presidente Barak Obama llegó al poder con promesas de “cambio”. El mandato que tenía de sus electores para marcar distancias de su predecesor George W. Bush era claro. Sin embargo, no ha pasado un año y se nota que su presidencia estará marcada por la continuidad con la anterior administración. Debemos entender que las preocupaciones y las prioridades que tienen que ver con el futuro del imperio están por encima de la voluntad de la persona que en un momento dado puede ocupar la silla en la Casa Oval.
Asimismo, debemos entender que formulaciones tales como “poder inteligente”, “guerra asimétrica” o “guerra de cuarta generación”, tienden a oscurecer el hecho de que en el accionar del imperio existe una continuidad y una evolución permanente de tácticas y estrategias ya antes utilizadas a lo largo de su historia. El Tío Sam sólo en apariencia saca un nuevo conejo bélico de su galera cada vez que se encuentra en aprietos. Antes de realizar el acto de magia, ha estado largo rato buscando en su interminable despensa de trucos.
Los Estados Unidos en estos momentos están preparando una contraofensiva final con el fin de salvar su posición en el mundo. Las elites del capitalismo occidental han hecho causa común con el Imperio, al que ven como su último garante.
En este contexto de crisis terminal del capitalismo bajo la hegemonía de Occidente, la corta ventana de oportunidad en la que los Estados Unidos parecían estar demasiado ocupados en el Oriente Medio como para concentrar sus prioridades en América Latina ha llegado a su fin. Las amenazas de la Secretaria de Estado de los EE.UU. advirtiendo a los países del ALBA de que sería una "mala idea" seguir involucrándose con Irán son un poderoso indicador de que Latinoamérica se encuentra de nuevo en la mira infrarroja de Washington. Asimismo, el papel de liderazgo asumido por los países del ALBA en la cumbre sobre el cambio climático de Copenhague comparado con la actitud negociadora y pragmática de los países BRIC (Brasil, Rusia, India y China) muestra que el organismo bolivariano es la única configuración regional actualmente en el mundo capaz de articular una solución anticapitalista a la actual crisis global. El proyecto bolivariano encarna así un desafío de doble naturaleza al status quo global: Por un lado, como formulación de una alternativa que pone en cuestión las bases del sistema capitalista en su conjunto; por otro lado, como amenaza directa al papel de los Estados Unidos como potencia imperialista.
En su último libro USAID, NED y CIA Agresión Permanente, la investigadora estadounidense-venezolana Eva Golinger hace un acertado pronóstico:
La combinación de factores: la influencia de Negroponte sobre la política imperial en éste hemisferio; la Cuarta Flota de la Armada de Estados Unidos activada en América Latina; la entrega de Colombia por parte del gobierno de Álvaro Uribe a las fuerzas militares estadounidenses y su posición abiertamente agresiva hacia sus vecinos; el lanzamiento de los movimientos separatistas en Bolivia, Ecuador y Venezuela que buscan dividir y desestabilizar nuestros procesos de avance social; y el incremento de las bases militares estadounidenses por toda la región, indica que Washington busca activamente un conflicto armado en América Latina. Venezuela y sus aliados tienen que buscar la manera de no caer en las provocaciones de Washington.
A estos factores, que abordaremos más adelante, se les debería agregar el aumento de la actividad del narcotráfico, tanto en Colombia como en México.
Pero antes de profundizar la discusión de los aspectos concretos de la Guerra contra América Latina, tratemos de responder a la interrogante de por qué los Estados Unidos no pueden darse el lujo de dejar en paz a nuestro continente.
La respuesta es que, sencillamente, el hacerlo equivaldría a abandonar toda posibilidad de continuar existiendo como potencia imperialista:
Ya hace casi 200 años, el Libertador Simón Bolívar articulaba el sentir de lo más avanzado de las resistencias anticolonialistas cuando en la Carta de Cartagena de 1815 escribía “Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria.” No pasarían ocho años de la proclama bolivariana cuando ya los principios filosóficos fundamentales de la política exterior estadounidense se encontrarían formulados para ser practicados, completados y refinados hasta nuestros días cuando, un presidente negro al frente de la Casa Blanca un 10 de diciembre de 2009 al recibir el Premio Nobel de la Paz en Oslo, admite abiertamente que se ve “obligado” a cargar el fardo del Hombre Blanco y aprobar créditos de guerra por 700 000 millones de dólares.
Ya para el 2 de diciembre de 1823, el Presidente James Monroe había proclamado ante el Congreso su tristemente célebre doctrina de “América para los (norte)americanos” según la cual los Estados Unidos “defenderían” nuestra “libertad” de la influencia de cualquier potencia extracontinental. Esta doctrina seguirá guiando la relación de los EE.UU. hacia nuestro continente en los siglos por venir.
El surgimiento de un militarismo izquierdista en los países andinos finalmente está obteniendo un poco de atención por parte de los medios, en la medida en que el «bolivarismo» se convierte en un grito de ataque de los comunistas y socialistas. (…) Las democracias frágiles del hemisferio son especialmente vulnerables a esta amenaza. A continuación se plantean los principales elementos geoestratégicos que siguen siendo importantes para la seguridad nacional de Estados Unidos: 1. Control de los estrechos Atlánticos. 2. Uso del Canal de Panamá. 3. Una ruta sureña segura alrededor del Cabo de Hornos. Todos estos están dentro del escenario estratégico naval. 4. Seguridad de que los países del hemisferio no son hostiles a nuestras preocupaciones de seguridad nacional. Además, que los recursos naturales del hemisferio estén disponibles para responder a nuestras prioridades nacionales. Una «doctrina Monroe», si quieren.
Estas frases son del documento Santa Fe IV publicado a fines de 2000 por el prestigioso tanque de ideas neoconservador de los Estados Unidos que desde 1980 ha participado en la definición de las estrategias imperiales hacia América Latina.
El último punto de la versión Siglo XXI de la Doctrina Monroe, el referido a la necesidad de asegurarse el control de nuestros recursos naturales, es especialmente relevante si tomamos en cuenta que:
Según la Agencia Internacional de Energía (AIE) y la OPEP, América Latina cuenta con más del 10 % de las reservas mundiales de petróleo y con más de 14 % de la producción mundial del hidrocarburo.
Sólo en Sudamérica existe el 4 por ciento de las reservas mundiales de gas natural respondiendo por un 6 por ciento de la producción en el planeta.
En América Latina se encuentra un 25 por ciento de la biodiversidad del planeta y además, con sólo el 12 por ciento de la población mundial, la región cuenta con 47 por ciento de las reservas de agua potable de superficie y subterránea del mundo, cuya demanda aseguran los expertos, dentro de unos 15 años será 56 por ciento superior al suministro.
Las investigaciones recientes de Eva Golinger, que ha tenido la oportunidad de estudiar una gran cantidad de documentos desclasificados de la CIA acerca del desarrollo político en Venezuela a fines de la década de los 80s y los 90s dan credibilidad a la tesis de que el alto mando de la inteligencia estadounidense falló al evaluar la profundidad y el contenido de la crisis del neoliberalismo en el país que culminaría con la victoria electoral del presidente Hugo Rafael Chávez Frías en 1998.
La inquietud entre los círculos más conservadores de poder en los Estados Unidos se hacía cada vez mayor a medida que las guerrillas ganaban terreno en Colombia, que una ola de izquierdas parecía ir cobrando forma en la región, que la penetración de capitales europeos en la misma se intensificaba, y que la propia administración Clinton parecía ajena a lo que se percibía como una serie de amenazas, aceptando trasladar el Comando Sur de Panamá a Puerto Rico en 1999.
El Plan Colombia, iniciado en 1999, implicó un escalamiento masivo de la presencia estadounidense en Colombia para hacer frente a las amenazas al orden imperial entonces percibidas. En ese año, los fondos de ayuda estadounidense para fines estrictamente militares al país se triplicaron hasta llegar a un total de 309 millones de dólares. El siguiente año ascendieron a 765 millones y desde 2002 han sido de más de 400 millones al año. En total, las ayudas militares y "no-militares" del Plan Colombia han pasado de 10 700 millones en los inicios del siglo XXI a 43 800 millones para el período 2007-2013.
De la eliminación de la distinción semántica entre guerrillas y narcotráfico para la extensión del terrorismo de estado a lo interno bajo un manto de "política de seguridad democrática" se pasó al apoyo de acciones paramilitares contra la Venezuela bolivariana y a la israelización de la política regional con ataques armados contra Ecuador y el despliegue de siete bases militares estadounidenses en territorio colombiano con capacidad de golpear las profundidades del territorio latinoamericano. El fortalecimiento de esa cabeza de playa de la proyección de poder imperial es uno de los componentes de una estrategia basada en redes que abarca todo el continente.
Esta estrategia se desarrolla en varios frentes: militar, económico, psicológico, opinión pública global y diplomacia internacional, así como el narcoparamilitar. Se trata de una guerra cuyo fin es alcanzar la “dominación de espectro total”. Esta guerra, según lo explica el documento Visión Conjunta 2020 de la Dirección de Políticas y Planes Estratégicos del ejército estadounidense y que fue escrito en junio de 2000, “Incluye el conflicto con empleo de fuerzas estratégicas y armas de destrucción masiva, guerras de teatro principal, conflictos regionales y contingencias de menor escala. También incluye aquellas situaciones ambiguas que se ubican entre la paz y la guerra, tales como las operaciones para mantener y hacer cumplir la paz, así como operaciones no-combativas de ayuda humanitaria y el apoyo a las autoridades locales.”
Es una guerra en la que los intereses estatales se combinan con los intereses más particulares de empresas multinacionales (por ejemplo, Tigo Millicom y Claro en el golpe de Honduras), de intereses privados de élites de poder y de grupos de presión incrustados en la estructura de poder estadounidense, a menudo vinculados a actividades delictivas (por ejemplo, la mafia anticubana de Miami) así como de agentes para- y semi-estatales que se hacen pasar como miembros de la denominada “sociedad civil” (por ejemplo, los paramilitares colombianos o las “sociedades civiles” financiadas con fondos de la USAID en nuestros países, etcétera). Es una guerra en la que la privatización de las funciones y acciones bélicas ha alcanzado niveles extraordinarios (empresas de vigilancia, “contratistas”, etcétera) como una manera, de “externalizar” tanto sus costos económicos como los políticos y los militares.
Veamos más en detalle el componente militar de la estrategia.
La decisión de la administración Clinton de mover el Comando Sur de los EE.UU a la Florida y Puerto Rico en 1999 fue seguida por el desarrollo de una red de bases más pequeñas denominadas Puestos Operativos de Avanzada (Forward Operating Locations FOLs) en Colorado Springs (EE.UU.), Manta (Ecuador), El Salvador, Aruba y Curazao. La red de FOLs, que sirvió de antecedente para la red de bases menores establecidas en los países vecinos de Afganistán, se completó con 17 bases "menores" a lo largo y ancho del continente y las bases militares de Guantánamo en Cuba y Soto Cano, en Honduras. Esta última es la única Fuerza de Tarea Bravo fuera del territorio estadounidense.
La red de bases ha sido fortalecida por la decisión de la administración Bush el 1 de julio de 2008, de reactivar la Cuarta Flota con sede en Mayport, Florida. Ésta había sido desactivada al finalizar la segunda guerra mundial y cumple la función de coordinar las fuerzas navales en América Latina y el Caribe, incluyendo las costas del Atlántico y el Pacífico, así como las vías fluviales más importantes como el Amazonas, los ríos Paraná y Uruguay, etcétera. El otro elemento clave que completaría este despliegue de fuerzas militares es la ocupación total del territorio Colombiano a través del establecimiento de siete nuevas bases estadounidenses en dicho país. Si descontamos la base militar de Manta en Ecuador, recuperada por mandato popular por el presidente Rafael Correa, en Sudamérica y el Caribe hay un total de 20 bases militares orientadas a la neutralización de todo proyecto soberano en la región. Pero el elemento militar es sólo un ingrediente de esta estrategia.
El documento Visión Conjunta 2020, explica que el fin del ejército estadounidense es el de alcanzar la “dominación de espectro total”, entendida como “…la capacidad de las fuerzas de los EEUU, operando unilateralmente o en combinación con aliados multinacionales o fuerzas inter-agencias, de derrotar a cualquier adversario y controlar cualquier situación a lo largo de todo el espectro de operaciones militares”.
Es decir, que esta red de bases militares contempla la capacidad de llevar adelante acciones militares de todo tipo, desde intervenciones e invasiones hasta ataques terroristas, apoyo a grupos en los países del ALBA que llevan a cabo desde acciones desestabilizadoras, terroristas y separatistas, hasta golpes de estado, etcétera.
La esfera económica determina en última instancia el carácter y los objetivos de la guerra. Veamos algunos aspectos de esta dimensión:
El período que va entre 1998, cuando el comandante Chávez llegó al poder en Venezuela, y 2008, año de la explosión de la crisis mundial capitalista, presenció grandes cambios en la correlación de poder económica entre los EE.UU. y América Latina. Varios gobiernos de la región lograron recuperar el control sobre una serie de recursos así como mayores cuotas de independencia con respecto a los órganos económicos del imperialismo como el FMI y el Banco Mundial. El intercambio con países como China y Rusia y el alza de los precios de las materias primas en el mercado mundial jugaron un papel muy importante en este proceso. Pero el imperialismo en su fase terminal de decadencia muestra gran capacidad de adaptación. Como lo explica el marxista brasileño Emir Sader,
Puede predecirse que estaremos en un período más o menos largo de inestabilidad y turbulencias tanto políticas como económicas, hasta que se forjen las condiciones para la hegemonía de un modelo post neoliberal y de una hegemonía política global alternativa a la de los Estados Unidos.
El plan maestro de los Estados Unidos, el Área de Libre Comercio de las Américas ALCA fue derrotado. Surgió el ALBA y organismos regionales de cooperación como el Mercosur se fortalecieron. El ALCA, sin embargo, ha sido substituido por una serie de tratados bilaterales de libre comercio. Asimismo, la Unión Europea impulsa una serie de mini tratados llamados de “cuarta generación” a menudo con condiciones aún más agresivas a favor de los capitales multinacionales que aquellas promovidas por los EE.UU sobre todo teniendo en cuenta su tendencia a imponer condicionamientos de carácter político en la mesa de negociaciones.
Todos los países del ALBA, que explícitamente se opone al orden económico imperante, han sufrido presiones y agresiones económicas de parte de los gobiernos y las multinacionales de los Estados Unidos y Europa que han ido desde juicios internacionales hasta cortes de ayuda económica, eliminaciones de tratos preferenciales en el comercio internacional, y la abierta guerra económica como en el caso del bloqueo a Cuba, el cual a pesar de la prácticamente unánime condena internacional, no ha sido ni siquiera mitigado por la actual administración de Barak Obama.
De especial importancia para lograr derrotar el proyecto de soberanía continental encarnado en el ALBA, es el desarrollo de las acciones en los frentes interno y psicológico.
El objetivo en el frente interno es el de movilizar todas las fuerzas que, por todos los medios, sirvan para debilitar los procesos de cambio que tienen lugar en los países latinoamericanos, en especial los del ALBA. Desde los primeros años del siglo XXII los EE.UU con el apoyo de los países europeos han desarrollado esfuerzos tendientes a unificar a las fuerzas de la derecha, debilitadas por amplios levantamientos populares contra el neoliberalismo en países como Bolivia, Ecuador, Argentina y muchos otros. Con dinero del Fondo Nacional para la Democracia (NED, en inglés), de la USAID, de fundaciones alemanas y de otros países, se han financiado tanques de ideas y centros de redes de la derecha continental en torno a la idea de llevar adelante campañas de desprestigio contra todos los gobiernos del ALBA, de ejercer presiones sobre gobiernos progresistas como los de Uruguay y Argentina, y de unir a todos los sectores de la derecha tras un proyecto de carácter netamente restaurador del neoliberalismo y de la sumisión de nuestros países al yugo imperial y colonial.
Pero también otros grupos que trabajan en contra de las corrientes revolucionarias bajo banderas no directamente asociadas con las fuerzas más oscurantistas de la derecha continental son incorporados a la estrategia de la guerra de Washington. Fundaciones como la española FRIDE, de tendencia socialdemócrata, desarrollan seminarios junto con el Instituto para una Sociedad Abierta del Magnate George Soros, con la NED y con otros organismos interesados en la desestabilización de nuestros países.
El objetivo a través de la creación de un frente interno es el de desarrollar los instrumentos políticos que le sirvan a los EE.UU a la hora de establecer regímenes sumisos a sus intereses, ya sea por medio de golpes de estado, de invasiones, de la creación de vacíos de poder o de proyectos de carácter secesionistas en los países del ALBA. Las acciones de estos grupos abarcan todo el espectro de acciones políticas, desde las movilizaciones hasta los actos de violencia callejera, la conspiración golpista y actos terroristas.
Un papel muy importante en la creación del frente interno lo juegan los medios de comunicación, que funcionan como verdaderos partidos políticos. Estos medios, en manos de una oligarquía continental vinculada a los grupos de poder tradicionales y contando con el apoyo de las agencias multinacionales de la desinformación, llevan adelante una agresiva y permanente campaña de guerra sicológica con el objetivo de desmoralizar a los pueblos de nuestros países que, aunque ampliamente vacunados contra las recetas neoliberales, muchas veces ven con impaciencia el lento avance de las reformas sociales y económicas. Al mismo tiempo, estos medios funcionan como potentes reproductores de la ideología dominante que impone modelos e ideales insostenibles de consumo y empobrece los horizontes culturales de las clases populares.
La dictadura mediática y el control de la opinión pública a nivel global son también arenas de suma importancia en esta guerra.
Unos pocos monopolios occidentales como la CNN y la AP disponen de un enorme poder sobre el flujo de la información en el mundo. Las voces alternativas, aún los medios más grandes, tienen grandes problemas para hacerse oír y dar visiones que contradigan los intereses de los Estados Unidos. Además, el poder de los monopolios mediáticos imperialistas es fortalecido por su función como portadores de una ideología consumista e individualista que con gran eficacia desincentiva en los consumidores todo interés por cuestiones que vayan más allá de proyectos individuales.
Las campañas internacionales de difamación contra los gobiernos del ALBA y contra todas las fuerzas que se oponen al imperialismo, aunque no despiertan el fervor de los consumidores de la información, sí logran desarticular las luchas y dar una imagen deformada del desarrollo de nuestros países, haciendo así más difícil el desarrollo de una solidaridad de masas entre los trabajadores de las distintas regiones del globo, sobre todo la solidaridad de los países que llevan adelante dicha guerra.
A pesar de esto, las mismas contradicciones al seno de las sociedades de los países imperialistas y la existencia de grandes grupos de inmigrantes de nuestros países en el llamado primer mundo, crean las condiciones para el desarrollo de un tenaz movimiento de solidaridad que libra una batalla desigual contra la desinformación existente y abre nuevos espacios de solidaridad entre sectores de la sociedad que cada vez más van abriendo los ojos ante las realidades del sistema capitalista. La capacidad de responder a tiempo a las campañas de desinformación del enemigo requerirá de un gran esfuerzo por potenciar las capacidades existentes del ALBA, sus satélites de telecomunicaciones, el canal TeleSur y una gama de sitios web bolivarianos, con la dinámica de los movimientos de solidaridad en todo el mundo.
El frente de la diplomacia internacional siempre ha sido de enorme importancia en las luchas antiimperialistas. A diferencia de los casos de Iraq y Afganistán, hoy nos encontramos en una situación geopolítica en la que los países del tercer mundo han logrado un nivel comparativamente mayor de respuesta. Una prueba de ello es el que el presidente Obama no haya logrado en la cumbre del cambio climático de Copenhague obligar a muchos de estos países a aceptar su infame acuerdo. Los países del ALBA fueron entonces capaces de plantear a último minuto un documento que recibió amplio apoyo y que servirá de base para las próximas discusiones en México. Esas experiencias serán invalorables a la hora de evitar el aislamiento político que busca el imperio.
Por último mencionaremos una dimensión de crítica importancia de la guerra por la restauración del orden imperial en la región, el narcoparamilitarismo.
Los EE.UU son el mayor mercado mundial de las drogas ilegales. Según un informe de la Organización Mundial de la Salud publicado en 2008, 34 por ciento de los mayores de 12 años en ese país, unas 72 millones de personas, consumen drogas. Hace 12 años, el entonces presidente Bill Clinton había reconocido que, con sólo 5 por ciento de la población mundial, los EE.UU consumían la mitad de todas las drogas producidas en el planeta. Se calcula que la industria de la droga en el país imperial mueve unos 80 mil millones de dólares al año, de los cuales la mayoría son lavados en Wall Street.
Esto no es ninguna coincidencia. En una fase de financierización del capitalismo mundial, los capitales especulativos son atraídos hacia aquellas ramas con mayores cuotas de beneficios. Asimismo, los lazos históricos entre las políticas imperiales de dominación política y el tráfico de drogas crean estructuras que fortalecen la integración entre el estado y los intereses del narcotráfico. En general, allí donde han habido intervenciones importantes de la CIA también ha florecido el narcotráfico como una manera de financiar fuerzas irregulares borrando la mano de Washington: En Afganistán, en Centroamérica en los 80s, en el sudeste asiático, etcétera.
En América Latina, son conocidos los lazos entre las élites locales y el narcotráfico. En Colombia, por ejemplo, desde inicios de los 90s se sabe que el actual presidente Álvaro Uribe aparecía con el número 82 en la lista de contactos del capo de la droga Pablo Escobar. A raíz del golpe contra el presidente hondureño Manuel Zelaya, se revelaron los contactos del golpista Roberto Micheletti con el Cartel de Cali. En México, los lazos de los magnates de los bancos, de los medios y de políticos como Carlos Salinas de Gortari con el narcotráfico son bien conocidos.
El narcotráfico juega un papel muy importante en la desestabilización de países como Venezuela, que debe dedicar ingentes sumas para combatirlo. El país bolivariano está, según las Naciones Unidas, entre los mayores decomisadores de droga del mundo. En 2008, Venezuela decomisó 54 toneladas de estupefacientes y apresó a 14 capos de la droga. Mientras el gobierno bolivariano lograba parar un estimado del 29 por ciento de toda la droga que pasaba por el país, los EE.UU. sólo paraban un 14 por ciento, según esas fuentes.
El narcotráfico es un cáncer que corroe el tejido social, corrompe las instituciones del estado y favorece el accionar de los monopolios privados. Además, debilita la organización popular. Cinco años de "guerra contra las drogas" en México han tenido como resultado más palpable la desarticulación o debilitamiento de poderosos movimientos sociales y políticos contra el orden neoliberal, como el movimiento de izquierdas en apoyo a Andrés Manuel López Obrador, víctima de un incruento fraude electoral, el levantamiento de la APPO en Oaxaca y los zapatistas en Chiapas. En ese mismo período, cantidades industriales de armamento han cruzado la frontera entre los Estados Unidos y México.
En el caso de Nicaragua, en los últimos meses hemos podido presenciar cómo los carteles de la droga han extendido su influencia sobre comunidades de la costa del Caribe Nicaragüense como Walpasiksa en la que tuvieron lugar fuertes combates entre fuerzas del ejército y los narcos que había logrado construir una considerable base de apoyo entre la población. Recientemente, el periodista Marcio Vargas denunció que ésta actividad tiene sus raíces en una larga labor de penetración estadounidense en la región bajo el manto de la OEA que contó hasta con el financiamiento de agencias estatales europeas.
La guerra por el restablecimiento del status quo imperial en América Latina es de carácter integral o, como los mismos estrategas del imperio lo formulan, “de espectro completo”. Su objetivo es el de lograr total control para las multinacionales estadounidenses, y también europeas, sobre los recursos y la fuerza de trabajo del continente. En esta guerra, el imperio no tiene imágenes positivas que ofrecer a nuestros pueblos, solamente el establecimiento de la resignación y la pérdida total de la confianza en que es posible construir alternativas políticas de transformación profundas.
Seis años de ocupación en Irak nos muestran que un estado de guerra e inestabilidad permanentes no están reñidos con la capacidad de extraer puntualmente el petróleo que yace en el subsuelo. Algo similar se puede decir de Colombia con respecto a las ganancias de las multinacionales pese al estado de guerra interno y la política agresiva de Uribe hacia el resto de la región.
Además, esta guerra se da en un contexto en el que coinciden un sinnúmero de crisis globales: la crisis del capitalismo, la de la hegemonía estadounidense-occidental, la crisis ecológica, la energética, etcétera. Esto a obligará a todos los gobiernos del mundo a tomar medidas drásticas en muchos frentes y requerirá de los proyectos políticos poscapitalistas, socialistas y alternativos de niveles de conciencia que en muchos casos sobrepasen el marco estrecho de las demandas inmediatas.
Al mismo tiempo, los sujetos sociopolíticos del cambio presentan fuertes desniveles subjetivos, tanto en lo ideológico como en lo organizativo que es necesario superar, ya que la estrategia de la guerra se basa en un aprovechamiento de las contradicciones que puedan surgir al seno de las fuerzas revolucionarias.
En este sentido, el reto de los pueblos latinoamericanos, y en especial de los países del ALBA, es el de defender todo elemento de sanidad para el funcionamiento de la sociedad. El lema de “socialismo o barbarie” implica el establecimiento de alianzas con todos los sectores populares que reaccionan ante la violencia, la degradación social y la privatización de la política y de la justicia.
El llamamiento del presidente Hugo Chávez a la formación de una V Internacional, y que el presidente Daniel Ortega ha formulado en términos de “Internacional de los Pueblos” obedece a la necesidad de unificar fuerzas a nivel global contra el imperialismo y es de fundamental importancia para hacerle frente a esta contraofensiva imperial.
Al mismo tiempo, los países del ALBA deben fortalecer sus alianzas y su capacidad de respuesta militares. Esto implica el avance lo más rápido posible hacia la formación de una estructura militar de la alianza que permita hacerle frente a las amenazas del imperio.
En los últimos tres años, Nicaragua ha sido objeto de agresiones en todos y cada uno de los frentes de la guerra imperial: Campañas de desprestigio internacional, intensa campaña mediática interna, violencia callejera, cortes de ayuda internacional, separatismo, penetración del narcotráfico, etcétera. Estas agresiones se intensificarán, sobre todo a medida que el Frente Sandinista se acerque a poder lograr una mejor correlación de fuerzas en la Asamblea Nacional.
Es de importancia crítica el fortalecimiento del partido sandinista que aglutina a más de un millón de miembros – última línea de defensa del proyecto de liberación nacional y justicia social. Es imprescindible fortalecer el frente mediático, así como el de las instituciones del Estado, las fuerzas armadas y los Concejos del Poder Ciudadano. No hay mucho tiempo para ello, y el triunfalismo es un lujo que no nos está permitido.
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